sábado, 23 de noviembre de 2013

Desde mi cama

Estaba todo en silencio, lentamente comencé a oír el segundero del reloj a lo lejos, se hizo cada vez más ruidoso, fue penetrando mi mente poco a poco, volviéndome loco. Se oían las ramas de los arboles agitándose por el viento, suave cada tanto, y otras un poco más bruscas, golpeteaban mi ventana lentamente, fue en ese momento cuando me di cuenta que me estaba volviendo paranoico. Estaba atrapado entre mis sabanas, escuchaba los autos pasar por la calle, algunos desaceleraban bruscamente, otros simplemente seguían su curso, otros frenaban y tocaban bocina a diestra y siniestra, buscando respuestas. También se escuchaba una pequeña estática, ese era el sonido más molesto porque era constante, no como el reloj que al menos me concedía unos milisegundos de silencio, ese sonido constante provenía de la heladera. Después de un rato comencé a oír voces a lo lejos, me resultaba imposible determinar que decían, al punto de no saber si eran voces reales o simplemente era mi mente jugandome una mala pasada. Cada tanto podía oírse a mi perro rasguñando la puerta, buscando un lugar donde resguardarse del frió nocturno, y tal vez, en busca de unos mimos de buenas noches. Debajo mio se escuchaban los ronquidos de mi hermano, secos, como una madera rompiéndose en el medio del bosque, haciendo así, imposible para mi conciliar el sueño. De un momento a otro también podía escucharse el momento en que algún familiar mio tiraba la cadena del baño y el consecuente sonido del inodoro cargando agua lentamente hasta concluir su carga habitual. Constantemente se oía al viento golpear los postigos de mi ventana, como queriendo entrar en mi habitación, cual persona que golpea la puerta para ingresar a una casa ajena. Luego, solo se oía el sonido de mi respiración, que iba desacelerándose en cada respiro, hasta que de un momento a otro deje de oír mi respiración, en ese momento me di cuenta que me había quedado dormido.

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